Capitulo 1 de La Mente del Creador
I.PARTE
LA HUIDA
1. VALLE CELESTE
El conferenciante era de lo más aburrido que había pasado por Valle Celeste, una pequeña ciudad de cerca de diez millones de habitantes situada a orillas del Mediterráneo y conocida, principalmente, por ser punto de partida de la mayoría de las expediciones que abandonaban la Tierra con destino a los diferentes planetas del Sistema Solar.
—... el sistema de castas tiene, por tanto, su origen a mediados del siglo XXI. Fue entonces cuando se aprobaron las leyes de manipulación genética tal y como las conocemos hoy día, que dividieron a la población en dos grandes grupos; los nacidos según el método natural del parto, a los que posteriormente se les llamó imperfectos y aquellos cuyas respectivas familias poseían el dinero suficiente como para permitir el pago de un bebé a la carta. Éstos eran seres nacidos como cualquiera de vosotros, diseñados mediante una cuidadosa selección de genes y gestados en úteros artificiales.
El conferenciante hizo una pausa, totalmente intencionada, para que los asistentes pudieran saborear ese exquisito momento de exaltación, ese sublime instante en que la mente comprende que el yo que habita en ella es lo máximo que se puede aspirar siendo humano.
—...a estos últimos se les llamó injertados —dijo al fin.
Todos sintieron la piel de gallina al oír pronunciar ese nombre. La élite, la nueva aristocracia surgida del proceso de globalización iniciado en las postrimerías del siglo anterior.
Todos menos una mujer. Una mujer en cuyo rostro parecía dibujarse un rictus mezcla de desprecio y diversión.
Eva acercó sus sensuales labios al oído de Hugo y mordisqueándole el lóbulo para aparentar un gesto de cariño, le susurró casi imperceptiblemente:
— ¿Te arrepientes de estar conmigo?
Hugo la miró sorprendido. Ése era el secreto que ambos compartían y le extrañó que se lo comentara allí, en un lugar público donde cualquier indiscreción podía costarles cara.
—Sabes que no —respondió, también susurrando—. Pero no creo que éste sea el momento ni el lugar adecuado para hablar de ello.
Eva frunció el ceño aparentando enfado, lo cual puso aún más nervioso a Hugo.
— ¿Te has fijado en cómo ha usado el tono de voz para trasmitir su fascismo?
Hugo la miró fijamente corriendo el riesgo de llamar la atención aún más de lo que ya estaban haciendo.
—Esto deja ya de ser gracioso, Eva. Si quieres que te descubran, ¿por qué no sales al estrado, apartas de un empujón a ese pingüino y haces una proclama a favor de la igualdad entre injertados e imperfectos? Puede que incluso te aplaudieran los lobos que están esperando que tropecemos para ocupar nuestro lugar.
La mirada de Hugo se desvió por encima de su hombro al percibir cómo unos ojos permanecían clavados en ellos desde la fila de atrás. Pellizcó suavemente el muslo de Eva y ésta, dándose cuenta de que algo pasaba, giró la cabeza hasta que su mirada se cruzó con los escrutadores ojos de un desconocido que los observaba sin ningún tipo de disimulo.
— ¿Ves a lo que me refiero? —susurró Hugo aún más bajo, al tiempo que Eva volvía a centrar su mirada en él—. Aquí todos somos injertados menos tú, si alguno nota en ti la más mínima falta de entusiasmo al oír la palabra mágica, no dudes ni por un momento que dará parte de ello al Consejo.
Eva se quedó pensativa. Miró de nuevo hacia atrás y comprobó que aquel individuo aún seguía con la mirada fija en ellos. Le sonrió sarcásticamente y, antes de esperar algún tipo de respuesta, dirigió la mirada, resignada y a regañadientes, hacia el conferenciante complaciendo a su compañero.
Las palabras comenzaron a sonarles cada vez más y más lejanas. Oía sin entender, escuchaba su ritmo acompasado y, sin embargo, no conseguía darle significado a lo que sonaba en su cabeza. La razón era que su mente estaba vagando por otros senderos más gratificantes, por un viaje imaginario al que recurría cuando la soledad del espacio exterior la obligaba a tener la mente ocupada en algo que no fuera el pensamiento, siempre recurrente, de la soledad en sí misma. Éste simplemente consistía en repasar mentalmente todos los acontecimientos que, de una forma u otra, la habían conducido a la situación en la que ahora se encontraba.
Empezó, como no, por su propio lugar de nacimiento, los suburbios de Valle Celeste, o quizás fuera mejor denominarlo por el sobrenombre popular que se había ganado a fuerza de emplear un tono peyorativo hacia él, La Periferia. Ésta consistía básicamente en un lugar regido por la ley del más fuerte donde sobrevivir era el único objetivo de cada uno de sus habitantes cuando tenían la inmensa suerte de seguir vivos al despertar de cada nuevo día. Todo allí era de color gris sucio, el color de las casas prefabricadas con materiales de bajo coste, unos materiales finos y resistentes cuyo único defecto era que, cuando la casa se iluminaba desde dentro, adquirían un tono translúcido que hacía materialmente imposible un momento de intimidad. Sólo una pequeña minoría, los pocos que poseían algo de dinero, podía situar cortinas opacas (vendidas a precio de oro dada su importancia) en los sitios más privados, como el dormitorio y el baño. Los demás, igual que ella y su familia de once hermanos, debían acostumbrarse a hacer las cosas que no deseaban que fueran vistas en la más completa oscuridad.
El pensamiento de Eva no pudo evitar desviarse instintivamente hacia si misma al recordarse en esas circunstancias. Por su mente, se pasearon las dos preguntas que condicionaron, en cierta manera, toda su infancia y juventud. ¿Por qué ella tenía que sufrir esas incomodidades mientras en la colina, los injertados poseían todo tipo de lujos y comodidades? ¿Acaso un gen de más o de menos podía provocar una diferencia tan grande?
Ahora, desde la distancia, se alegraba de haber sufrido todas aquellas penurias. La oscuridad le hizo desarrollar un sexto sentido respecto a la orientación que fue fundamental a la hora de superar a todos aquellos hijos de papá, nacidos para la supremacía, en las pruebas de acceso a explorador de órbitas. En cierta manera, puede que incluso fuera el factor clave, ya que, cuando se simulaba que el ordenador de la nave sufría un malfuncionamiento y dado que en el espacio exterior no existen muchas referencias a través de las que orientarse, todos los aspirantes eran incapaces de situar la nave en el rumbo correcto. Todos excepto ella.
Ese pensamiento aún le provocaba una sensación de autocomplacencia indescriptible. Una mujer genéticamente imperfecta echando por tierra las aspiraciones de un conjunto de genes seleccionados para el triunfo.
Miró de nuevo hacia el estrado del conferenciante y al ver que aún continuaba disertando sobre las excelencias de los injertados, decidió continuar con su juego de imaginación.
Abandonó mentalmente La Periferia. Allí no había nada más que mereciera la pena describir, ningún objetivo más elevado que el de vivir, trabajar, divertirse o morir. Nada comparable a los sueños de los injertados del Centro de Vuelo, el verdadero núcleo de Valle Celeste, la colina rodeada y cercada para evitar la mezcla entre las dos castas y que concentraba a todo aquél que, siendo de origen noble, aspiraba a algo más que lo ya descrito en La Periferia.
Sin embargo no podía empezar a pensar en el Centro de Vuelo sin pensar antes en Hugo, su amante y protector, aquél que, antes de conocerla, y como todos los injertados de cierto nivel económico, encontraba divertido transgredir las normas del Centro de Vuelo visitando a los traficantes de La Periferia en busca de cintas prohibidas de Fantasex, la máquina por excelencia.
La palabra Fantasex irrumpió violentamente en su cabeza a través de sus oídos. No sólo ella había comenzado a pensar en él: el conferenciante parecía enfocar también su disertación hacia ese tema. Decidió interrumpir su pequeño juego y prestarle atención.
—..., la mal llamada vacuna del siglo XXI, el Estimulador Cerebral Fantasex, fue la respuesta de la industria electrónica a la farmacéutica a la hora de erradicar las enfermedades de transmisión sexual. Como todos bien sabéis, al principio, era algo parecido a una antigua consola de videojuegos. Equipada con varios programas de realidad virtual, cada miembro de la pareja se interconectaba con una serie de sensores y visores que les transportaban al paraíso o fantasía que ellos mismos habían elegido. Una vez situados en el escenario, el acto sexual se realizaba sólo virtualmente ya que, gracias a los sensores, se experimentaban todas las sensaciones que se podían disfrutar en una relación, dijéramos, de carne y hueso. Existían estimuladores para uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco personas a la vez y todo con la ventaja de que se podía estar cien por cien seguro que no se contraería ninguna enfermedad de transmisión sexual. La ecuación se planteó fácil: menos riesgo, la misma satisfacción y más posibilidades de desarrollar cualquier tipo de fantasía. Las relaciones de carne contra carne fueron pasando a la historia y los estimuladores se fueron perfeccionando hasta el punto que llegaron a no depender de las órdenes conscientes de los que se conectaban a ellos. Eran capaces de sondear su inconsciente, detectar sus gustos y actuar con inteligencia artificial con tal de procurar el máximo disfrute para sus dueños. Las reuniones de amigos siempre terminaban en una sesión de Fantasex en que, sin el tabú de la piel, todos se desinhibían en el paraíso virtual elegido. Con el paso del tiempo esta máquina consiguió que las relaciones sexuales naturales con la finalidad de obtener placer pasaran a un segundo plano ante las nuevas tecnologías y, como consecuencia de ello, las enfermedades de transmisión sexual desaparecieron por completo a finales del siglo XXI. Por otra parte, también es a causa del Fantasex que, aunque actualmente una relación sexual natural esté considerada ahora entre nosotros, los injertados, como un tabú, sea casi la única fantasía de todos los varones de esta sala. Fantasía, que es a su vez la causa de la mayoría de las visitas clandestinas a La Periferia: probar lo desconocido.
Eva volvió a desconectarse. Ningún injertado podía saber más que ella acerca del Fantasex. Durante varios años, había convivido en La Periferia con un, por aquel entonces, incipiente traficante de material prohibido. Eso era algo de lo que no se arrepentía en absoluto de ello ya que, de no ser así, nunca hubiera conocido a Hugo.
De nuevo, sus recuerdos recalaron en Hugo. Recordaba claramente como se fijaba en ella cada vez que iba a casa de su pareja para comprar una nueva cinta y en como, cada vez que éste no se encontraba allí, era ella la que tenía que atenderle. De esa forma, el amor fue creciendo cada vez más entre ellos. Un amor basado en el deseo por parte de Hugo y en la oportunidad de escapar de todo aquello por parte de Eva.
Como punto culminante a esa escalada, un día Hugo decidió invitarla al único sitio donde Zacarías, su pareja, no podría descubrirlos nunca. El mismísimo Centro de Vuelo, el sitio que ningún traficante se atrevería a pisar.
El escaso vello de su piel se le erizó al recordar el enorme impacto que sufrió cuando Hugo la llevó por primera vez a visitar su hogar. Fue todo una sucesión de sensaciones, los pasillos constantemente iluminados, el bullicio de sus calles, los uniformes de las mujeres, el corte de pelo impoluto de los hombres, el reluciente metal en todas las estructuras, la ausencia casi total de fuerzas del orden. Su mente, acostumbrada a la supervivencia, no pudo asimilarlo por completo hasta que, al final del día, no tuvo más remedio que volver a compartir lecho con Zacarías y sumirse en la oscuridad absoluta para realizar sus necesidades más básicas.
Fue entonces cuando decidió que, si la vida era injusta y una simple cuestión de azar había provocado esas diferencias, debía aprovecharse de ese mismo azar y no desperdiciar el hecho de que Hugo se hubiera fijado en ella.
Durante el tiempo que siguió, usó todas las armas con las que la naturaleza la había dotado como mujer para hacer de Hugo su amante incondicional. Hizo que comiera de su mano, le creó la obsesión enfermiza que sólo una mujer sabe crear cuando observa que es el objeto de deseo de un hombre. Todo hasta que, por fin, un día, Hugo le declaró lo duro que le resultaba saber que cada noche compartía lecho con otro hombre. Le explicó que había conseguido amañar unos papeles para que, si tenía suerte, pudiera ingresar como su igual en el Centro de Vuelo.
Recordar el resto aún le producía un sentimiento de orgullo difícil de disimular. Todos quedaron asombrados de cómo aquella mujer menuda y de la que nunca nadie había oído hablar antes, los superaba a todos y quedaba en primer lugar en el proceso de selección. Sólo Hugo sabía que las condiciones de vida que Eva había tenido que soportar en La Periferia eran cien veces más duras que la más difícil de las pruebas a las que se había tenido que enfrentar.
Eva pareció despertar de un largo letargo cuando una salva de aplausos le indicó que la conferencia había llegado a su fin. Sintió como su brazo era atenazado por la musculosa mano de Hugo, obligándola a levantarse. Una mirada de éste basto también para obligarla a aplaudir a regañadientes. El conferenciante saludó, recogió su lector y poniéndolo bajo el brazo, desapareció por una lateral de la sala con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.
Ya en el camino de vuelta a su habitáculo, Eva decidió romper el silencio al que Hugo la estaba sometiendo.
—Se rumorea que el Navegador está a punto de convocarnos para la misión así que debemos estar preparados —la voz de Eva resonó unos instantes en la cavidad auditiva de Hugo.
—Siempre me ha impresionado la capacidad que tienes para cambiar de tema cuando sabes que estoy enfadado. ¿No puedes ser como todo el mundo y respetar mi enfado?
—Pues si te digo la verdad, no, no puedo. Acepté ir contigo a escuchar a ese charlatán fascista para no levantar sospechas, pero debes comprender que no es fácil asumir que vosotros sois los mejores en todo mientras yo, y quizás muchos como yo ahí fuera, seamos más capaces que la mayoría de los que han sido programados gracias al dinero de papá.
—No levantes la voz —insistió Hugo de nuevo.
Eva miró a su alrededor. Afortunadamente, no había nadie cerca.
—Está bien, ya sé que soy injusta contigo. Siempre me has sabido valorar como persona y no tengo derecho a ponerme así, pero es que es superior a mis fuerzas —respondió Eva adoptando un gesto de niña que acaba de hacer una travesura, gesto cuyo significado Hugo conocía sobradamente.
—Haces bien en sentirte culpable, no haces más que comportarte como una inadaptada y tengo que estar constantemente defendiéndote ante todos los demás. No bromeo cuando te digo que algún día nos descubrirán como persistas en esa actitud.
Eva agachó la cabeza un tanto avergonzada, sólo quedaba una cosa que hacer que haría que Hugo le perdonara.
— ¿Quieres que tengamos una sesión cuando lleguemos? —dijo casi susurrando y sin levantar aún la cabeza.
Hugo sonrió por primera vez.
— ¡Vaya! Volvemos a tu original forma de arreglarlo todo. Una sesión de Fantasex y listo, se olvidan las humillaciones y todos tan contentos.
—Está bien, olvídalo, pensé que te apetecería, llevas semanas insistiéndome y he de confesar que te he tenido muy abandonado.
Hugo volvió a ponerse serio.
—No he dicho nada de que no quiera, simplemente me molesta tener que llegar a estos extremos para poder conectarnos los dos a la máquina.
Esta vez fue Eva quien sonrió con la seguridad de tener manejada ya la situación.
—Tengo cintas guardadas que nunca he puesto de cuando nos conocimos, por demasiado atrevidas, ya sabes.
Hugo la miró con extrañeza.
— ¿De cuando yo iba a casa de aquel novio tuyo a comprarlas?
—Sí, de las prohibidas aquí, de ésas por las que todos os jugáis el pellejo saliendo a La Periferia a buscarlas. Pensé que un día me harían falta y me llevé unas cuantas antes de abandonar a Zacarías.
La mente de Hugo se perdió por algunas de las imágenes que aún recordaba de esas cintas.
—Eso es jugar sucio, Eva, sabes que me convertiré en tu perrito faldero si accedes a conectarte conmigo en una de esas cintas.
—Ya me conectaba a ellas cuando estaba con Zac, contigo no lo he hecho nunca porque quería evitar comparaciones. Pero todo tiene su lugar y su momento.
Hugo intentó que su cambio de actitud no resultara más hipócrita de lo que realmente era.
—Eva, eres lo mejor que me ha podido pasar. De todas formas, y aunque esto acaba de desbancar a mi primera preferencia en cuestiones sexuales, te vuelvo a repetir que me gustaría que no tuviéramos que pelearnos antes de que te pusieras tan colaboracionista.
—Tomo buena nota de ello —respondió sin dejar de sonreír—. Y en cuanto a tener una relación natural, ya que pienso que es a eso a lo que te refieres cuando has nombrado tu primera preferencia, sabes perfectamente que no me importa tenerla ya que también la he practicado en La Periferia, lo que no quiero es, si algo sale mal, echar por tierra todo nuestro futuro trayendo un hijo al mundo.
Hugo la miró de nuevo sorprendido.
—Sabes que es imposible que algo salga mal. Podemos minimizar el riesgo hasta una probabilidad insignificante, es materialmente inviable que podamos concebir un hijo natural.
—Eso será si tomo anticonceptivos, pero te aseguro desde este mismo momento que no tengo la más mínima intención de hacerlo. Primero y más importante porque, si alguna vez tengo un hijo contigo, te puedo asegurar que no será en una incubadora, lo llevaré nueve meses en la barriga como mi madre hizo conmigo. Odio este sistema de castas sin sentido. En segundo lugar, sabes perfectamente que, de mis once hermanos, tres nacimos a pesar de esos anticonceptivos de los que tanto alardeas.
—Eso es imposible —respondió Hugo—. No tienes manera de saber si eso es verdad o no.
—Tú tampoco.
—Yo me baso en la estadística.
—Pues yo no, yo me baso en la experiencia trasmitida de generación en generación, concretamente de madre a hija.
—Entonces, ¿por qué no te quedaste en estado cuando lo hacías con tu novio de La Periferia?
— ¿Con Zac? —rió Eva, mientras formulaba la pregunta retórica.
—Sí, con ese.
—Pues supongo que porque cuando llegaba mi turno ya no había suficiente material para hacerlo. Siempre sospeché que algunas de sus clientas femeninas le pagaban en especie.
—Sí claro, y ahora piensas que porque lo hagamos una vez vamos a tener un mocosete.
—Ahora tengo mucho más que perder que cuando estaba con él, el riesgo cero se consigue no haciéndolo.
En ese instante, llegaron a su habitáculo y ambos quedaron sumidos en un incómodo silencio. El análisis de retina de Eva activó el servomecanismo haciendo que la puerta se abriera franqueándoles el paso.
Eva comenzó a quitarse la chaqueta de exploradora, quedándose sólo con el mono ajustado a su piel. Tenía ese tipo de belleza diferente; el pelo lacio y castaño cayéndole en forma de melena corta a ambos lados de la alargada cara le daba un aspecto un tanto infantil que no hacía otra cosa que acentuar la nutrida pecosidad de su rostro. Su cuerpo, esbelto y alto como un junco, no tenía grandes prominencias, dos pequeños y firmes senos apenas sobresalían de éste. Su cintura daba paso a unas también poco voluminosas caderas que, a pesar de todo, volvían locos a los hombres que había conocido. Sus muslos torneados, flexibles y sensuales no permitían, cuando se encontraban al descubierto, que nadie olvidara que se trataba de una mujer. Por último, sus manos largas y cuidadas eran, en conjunción con su cerebro, unas herramientas capaces tanto de montar un motor de una nave espacial tipo carguero, como un rifle láser de última generación.
—Es una tontería discutir por eso —fue Eva quien reinició la conversación—. Además, acabas de decir que eso ha pasado a ser la segunda de tus prioridades ¿Acaso ya no te apetece lo de las cintas que tengo guardadas?
—Has sido tú quien ha sacado el tema, yo sólo he expuesto mi postura...
—Eso es lo más excitante de la cinta —le interrumpió Eva.
— ¿Cómo dices? —respondió Hugo sorprendido.
—Las posturas, ya sabes...
FIN DEL CAPITULO 1