2. PROCESO DE SELECCIÓN
—Como siempre, llegáis al proceso final de selección. Sin embargo esta vez tenéis dos competidores de vuestra altura. Vais a tener que esforzaros para conseguir la misión.
La voz de Joshua Tercero, sexto Navegador Interestelar del Centro de Vuelo, no dejaba ver ningún resquicio de que estuviera bromeando. Su aspecto era casi idéntico a sus cinco predecesores y se sabía que todo estaba interrelacionado, que la combinación de genes, todavía sin descubrir, que hacía que, aleatoriamente, un ser planificado se convirtiera en Navegador llevaba acarreado este curioso aspecto. Lo que más destacaba de su aspecto era, sin lugar a duda, su pelo albino, recogido, en el caso de Joshua, en una gran trenza. También sus ojos, con una tonalidad celeste blanquecina que no le permitían recibir más luz que la estrictamente necesaria, hacían que su mirada fuera muy parecida a la de un invidente, perdida, sin focalizar a veces. Por último, su piel, clara, muy clara, como si nunca hubiera recibido los beneficios del Sol, era ya lo que le hacía inconfundiblemente diferente.
Curiosamente, la relación no era biunívoca, si unos padres encargaban un hijo con ese aspecto, no se podía garantizar que con el tiempo ese bebe desarrollara las habilidades propias de un Navegador. Era tal la complejidad del número de genes que intervenían en el proceso que, hasta la fecha, había sido imposible determinar por qué pasaba.
En cuanto a las funciones que hacían de él la persona más importante de todo el Centro de Vuelo, se podían citar decenas de ellas, pero todas se podían resumir en una sola, la fabulosa capacidad de concatenar cientos de causas y efectos mentalmente hasta dar una respuesta al problema inicial. Era imposible, por ejemplo, jugar contra un Navegador al ajedrez, ya que, a pesar de sus infinitas ramificaciones, una vez iniciada la partida, un Navegador era capaz de prever un número tal de movimientos que sólo los más potentes superordenadores de la época eran capaces de superar. Esa habilidad se había enfocado principalmente para, dadas determinadas condiciones iniciales de despegue de una nave, poder saber donde llegaría, o donde tendría que acelerar para llegar a un punto concreto. Incluso eran capaces de averiguar los puntos en que se tendría que acelerar para que tanto el gasto de combustible como la trayectoria fuesen mínimas.
—Estamos a su entera disposición Navegador —Eva se cuadró ante él al decir eso y Hugo, por simpatía, también lo hizo.
—No Eva, no hace falta que me muestres tu adiestramiento de academia, esta vez la pareja formada por Sergei Cuarto y Ariadna Primera han formado parte del equipo que ha diseñado el último proyecto de inteligencia artificial, el ordenador ULISES, que, como bien sabrás, es el ordenador que llevara la nave ICARO, nuestro más avanzado prototipo de exploración. Es más, os diré que hace ya tiempo que el Consejo decidió que serian ellos los seleccionados, sin embargo cuando iban a tomar la decisión definitiva, conseguí convencerles, no sin dificultad y gracias a mi prestigio, para que os dieran una oportunidad de competir.
Hugo permaneció impasible pero los ojos de Eva empezaron a brillar, sólo su férrea voluntad y su adiestramiento impidieron que las lágrimas corrieran a través de sus mejillas. Con la esperanza de que ese detalle pasara desapercibido para su interlocutor paseó su mirada por el despacho del Navegador. Éste ocupaba casi el doble del habitáculo que Hugo y ella compartían. Detrás de su mesa de trabajo, una reproducción a tamaño original de La balsa de la Medusa de Théodore Géricault, ocupaba gran parte de la pared dando un aspecto dramático y sobrecogedor a la estancia. Conocía perfectamente cual era su función, recordar de forma permanente que, aunque la historia que representaba el cuadro, el naufragio del barco francés Medusa y el posterior avistamiento por parte de los supervivientes, a bordo de una balsa, del barco que los rescataría, ocurriera en 1816, pocas diferencias había con los actuales naufragios espaciales así como con sus respectivas misiones de salvamento. En una de las paredes laterales, un gigantesco ventanal le proporcionaba una no menos impresionante vista de las pistas de aterrizaje y despegue. Ninguna nave podía despegar sin su permiso y aunque sólo el Navegador conocía el código que activaba los motores, aquella ventana le proporcionaba confirmación visual de que nada ocurría sin su permiso. Por último, en el otro lado, una pantalla de gran tamaño también, unida a un intercomunicador fijo, compartía espacio con el variado mobiliario que cualquier otro despacho podría tener.
Con el brillo ya algo atenuado, los ojos de Eva enfocaron de nuevo los del Navegador, el cual, dando fe al viejo dicho que afirmaba que los ojos eran el espejo del alma e intuyendo todo lo que pasaba en esos momentos por la cabeza de Eva, se levantó de su silla y cuidando las palabras, habló de nuevo.
—Eva, antes de que te derrumbes quiero que conozcas algo que muy poca gente sabe de mí.
La mirada de Eva trasmitió sorpresa esta vez, sabía perfectamente que contar una historia acerca de si mismo no era el estilo de su superior.
Éste se apercibió del gesto de sorpresa y sin inmutarse lo más mínimo comenzó a hablar.
—Yo fui un caso excepcional cuando nací, mis padres eligieron mal los injertos. Fue un simple error en un número, pensaban injertarme el p66 y en el proceso de trascripción me colocaron el p96, gen éste último que al parecer había dado lugar en un alto porcentaje a malformaciones cuando se combinaba con otra de las secuencias que ya estaba también codificada para mí. Mis padres decidieron entonces no correr riesgos y los médicos intentaron abortarme cuando se dieron cuenta, y eso que llevaba ya gestando 8 meses en la incubadora.
Una mirada de asombro se cruzó entre Hugo y Eva esta vez.
—¿Pero los Navegadores no son elegidos entre la crema de los injertados? Es inconcebible que alguien con alguna tara... pueda... perdone no quería decir eso —se atrevió a contestar Hugo.
—No importa, pero sí déjame que te cuente el resto de la historia.
—Por supuesto Navegador, no era mi intención interrumpirle —apostilló Hugo algo avergonzado.
Joshua Tercero continuó su relato casi sin esperar que la disculpa de Hugo llegara a sus oídos
—Debido a una extraña coincidencia, la inyección letal que tenía que acabar conmigo o estaba en mal estado o interactuó de alguna forma desconocida ya que, lo único que me produjo, fue un estado de inconsciencia tal, que los médicos no fueron capaces de distinguir de una muerte clínica. Así, creyendo que todo había ido bien, certificaron mi muerte mientras aún estaba en la incubadora.
—¡Dios santo! Eso es macabro.
—Sí, es verdad, pero resulta que ese pequeño incidente, quizás uno entre diez mil, me salvó la vida porque, cuando mi corazón volvió a latir al cabo de veinte minutos, todos pensaron que había regresado de la muerte. El factor determinante fue que a nadie se le ocurrió pensar que todo había sido producto de una inyección defectuosa, todos pensaron que la supuesta resurrección se había producido gracias al error que se había cometido con los injertos. Desde que nací o mejor dicho, renací, hasta los dos años fui estudiado como nunca antes se había estudiado a nadie. Por aquel entonces, como ahora, la simple mención de la palabra inmortalidad era capaz de arrancar grandes subvenciones al Estado.
Los ojos de Hugo y Eva miraban ya desorbitados a su anfitrión. Si no fuera por la persona que estaba implicada, esa historia era digna de pasarse a formato videolibro.
—Bueno, y ¿cuál fue la conclusión? —esta vez fue Hugo quien habló.
—La conclusión fue que no reviví sino que la inyección letal me había sumido en un estado de inconsciencia parecido a la muerte.
—Pero eso fue lo que pasó de verdad —Eva no lograba imaginarse a pesar de su asombrosa capacidad donde el Navegador quería ir a parar.
—Sí, pero esa investigación a mí me había permitido vivir. Con dos años de edad y sin ninguna malformación visible, mis padres se quedaron conmigo aunque no fuera precisamente el niño que ellos habían diseñado. Puede que exista un Dios que decida quién vive y quién muere o que estemos aquí por accidente pero, en cuanto crecí y me contaron lo ocurrido, me convencí de que todos seguimos una especie de plan maestro. Somos como piezas de un puzzle que vamos encajando poco a poco hasta completar el gigantesco mosaico que es el Universo, ¿quién es él que busca las piezas y las ordena? No lo sé, ¿con qué finalidad quiere hacer el puzzle? Tampoco lo sé, puede que sólo lo haga como nosotros, para entretenerse en algo. Llamadme humanista, egocéntrico o como queráis, pero es lo que pienso a medida que me hago viejo y observo como, todo lo que carecía de sentido al principio, va tomando forma al final.
Eva no daba crédito a lo que había oído pero ya empezaba a vislumbrar de forma lejana donde quería llegar el Navegador.
—¿Y ahora piensas que el destino está actuando de nuevo y que tu misión es hacer que vayamos nosotros en vez de ellos?
—Bueno, no exactamente, pienso que si el destino ha facilitado que una imperfecta haya pasado desapercibida tantos años ante nuestros ojos convirtiéndose en una de mis mejores exploradoras será porque esa fuerza que tú has llamado destino quiere que vayas en esa nave.
Hugo miró aterrorizado a Eva. ¡Lo sabia! Seguramente había descubierto la falsificación. Nunca debió de subestimarlo, ahora sus carreras estaban más que acabadas. Se echó las manos a la cara, su familia era una de las más poderosas de Valle Celeste. Cuando llegara a sus oídos que le habían expulsado con deshonor del Centro de Vuelo seguramente renunciarían de él, tendría que dedicarse a alguna actividad menor, un comercio en el anillo exterior quizás, y si de algo podía estar seguro, era de que eso su orgullo no lo soportaría. Y Eva ¿qué sería de ella? Su acusación sería más grave, quizás la encerraran un tiempo en uno de esos centros para inadaptados de los que, como su propio nombre indicaba, sólo se podía salir totalmente inadaptado. Apartó sus manos de la cara y lo que vio le dejó atónito. Eva y el Navegador lo miraban sorprendidos, como si esa reacción suya no estuviera más que justificada.
Eva no pudo más que sonreírle.
—¿No lo entiendes? Siempre lo ha sabido y nos ha encubierto, no piensa delatarnos.
—Pero él es un Navegador su responsabilidad es... —contestó Hugo
Esta vez fue el Navegador quien habló.
—La verdad es que si me hubiera dejado engañar por ti, Hugo, me hubiera degradado yo mismo. Serás un explorador de primera pero mientes tan mal como un maldito trazador de rutas.
—Bueno, la verdad es que me extrañó que usted aceptara tan rápido todos aquellos papeles, pero pensé que, para que insistir si el objetivo principal estaba cumplido.
—Ya, forma parte de mis habilidades convencer a la gente de lo que quiero, pero no haría honor a mi puesto si no investigará personalmente a todos mis subordinados, sobre todo a los mejores.
—Entonces, ¿lo supo desde el principio? —siguió preguntando Hugo al tiempo que Eva intentaba que no se le saltaran las lágrimas de nuevo.
—Nunca he tenido la certeza pero sólo hay un motivo para falsificar unos papeles de ingreso, hacer que un imperfecto ingrese en el Centro de Vuelo. He de reconocer que no todos lo consiguen, en mi caso sólo los que yo he considerado más capacitados han podido hacerlo.
—¿Hay más imperfectos en el Centro de Vuelo? —preguntó esta vez Eva intrigada.
La pregunta quedó flotando en el aire.
—Como ya os he dicho he usado mi prestigio personal para convencer al Consejo de que al menos os dieran una oportunidad de competir contra Sergei y Ariadna. Aceptaron, pero a cambio son ellos los que pondrán las pruebas. No os puedo ofrecer más ayuda de la que os he prestado, así que a partir de ahora sólo dependéis de vosotros mismos. No sé cual será la naturaleza de las pruebas pero se realizaran mañana al mediodía en la sala de mapas y recordar que no sólo debéis igualarlos para conseguir el puesto, debéis superarlos. Y ahora si me perdonáis deberíamos terminar la reunión tengo mucho por hacer aun.
Eva se cuadró de nuevo ante el Navegador, giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta, por una parte para que éste no notara las lágrimas que ya corrían resbalando por sus mejillas, la revelación de Joshua acerca de su condición de imperfecta había conseguido que un sentimiento de autocompasión se apoderara de ella de forma irrefrenable. Por otra, porque, aunque quizás el Navegador tuviera razón y todo estuviera escrito en un gran libro celestial, su mente estaba ya elaborando un plan alternativo, si el destino fallaba, ella rescribiría ese libro.