4. ARIADNA
El timbre sonó tres veces. No era lo acostumbrado por Eva y por otra parte, tampoco había transcurrido tanto tiempo desde que salió hacía el habitáculo de Sergei y Ariadna. Aún pensativo, se puso en pie y poniéndose los pantalones se dirigió hacia la puerta con la intención de indagar quién podría estar interesado en verle a esas horas de la noche.
—¡Ariadna! Esto si que es una sorpresa, precisamente Eva ha ido a hablar con Sergei.
—¡Ariadna! Esto si que es una sorpresa, precisamente Eva ha ido a hablar con Sergei.
—Lo sé, he estado vigilando vuestra puerta esperando que saliera —contestó Ariadna permaneciendo de pie frente a él.
—¿Cómo? ¿No me digas que sabias que Eva iba a salir? Perdóname, pero no te veo capaz de predecir el futuro.
—Quería hablar contigo a solas, sin Eva, así que me he arriesgado. ¿Tan raro te parece?
En ese instante Hugo se apercibió de que algo no le cuadraba en la situación. Ariadna llevaba un pantalón blanco semitransparente, distinto por completo al que usaba como explorador a y que dejaba ver sin ningún género de dudas que no llevaba ropa interior. Por un momento pensó en reírse, pero no, lo echaría todo a perder, al parecer, y tal como Eva había acertado a pronosticar, la pareja rival pensaba también que no las tenían todas consigo y estaban recurriendo al método más antiguo conocido para convencer al sexo masculino de algo. Así pues seguiría el juego hasta saber donde Ariadna pensaba llevarlo, no estaría mal intentar averiguar algo de su estrategia, al menos disfrutaría con la vista.
Esforzándose por mirar por encima de la cintura Hugo contestó.
—No, si te soy totalmente sincero no me resulta extraño, es más, ahora que lo pienso casi debí haberlo previsto. Pasa y siéntate donde puedas.
Una sonrisa maliciosa se apoderó de Ariadna quién, dándose cuenta que todo iba según Sergei lo había planeado, continuó con su guión.
—Gracias pero prefiero permanecer de pie. No quiero que pienses ni por un momento que vengo a seducirte Hugo, no me suelo ofrecer tan fácilmente. Vengo a negociar.
Esta vez Hugo no pudo reprimir el tono de ironía que sabía tanto irritaba a Eva.
—Nadie lo diría por tu forma de vestir.
—Si prefieres que me ponga algo encima no tienes más que decírmelo, déjame alguna toalla sí tanto te molesta verme así.
—No, no me importa, como comprenderás no es la primera vez que...
Esta vez Ariadna pareció molestarse.
—Bueno, ¿vamos a seguir con esto o me vas a escuchar? Quiero que contempléis la posibilidad de no presentaros mañana a la prueba de selección.
—A cambio de... —Hugo no podía imaginar que podían ellos ofrecer.
Ariadna permaneció en silencio. Caminó pausadamente hacia Hugo y sentándose a su lado en la cama, le puso una mano en el muslo y le acercó sus sensuales labios al oído susurrándole algo que al principio no entendió bien debido al cosquilleo que le produjo la situación.
—¿Cómo?
—A cambio de no revelar al Consejo de Gobierno que Eva es una imperfecta y que tú lo sabias y la has estado encubriendo todo este tiempo —volvió a susurrar Ariadna.
Hugo quedó un poco atontado por lo sorpresivo de la revelación. Ahora sí que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Volvió a mirar por debajo de la cintura de Ariadna y permaneció absorto observado la oscuridad que allí se adivinaba, quizás después de todo, ella no fuera el plato principal. Intentó examinar de forma crítica aquello que acababa de oír, pero sus mecanismos cerebrales eran incapaces de hilar una trama en que la imperfección de Eva era descubierta por Sergei y Ariadna. Ninguno de ellos tenía acceso a documentos que la pudiera delatar, sólo el Navegador poseía esa información y era del todo imposible que hubiera surgido de él y aún más con lo que acababa de oír esa misma tarde.
Un cosquilleo le recorrió la columna vertebral al contemplar la posibilidad de que ya todo fuera del dominio público, que algún individuo hubiera hackeado los archivos del Navegador y la información circulara ya libremente por la Red. En ese caso, con la información descontrolada, sólo era cuestión de tiempo que todo llegara al Consejo.
Sin embargo eso tampoco le parecía una explicación aceptable. Cualquier hacker con esa información en su poder hubiera intentado primero un chantaje por una cantidad astronómica y era obvio que eso tampoco había ocurrido. Por otro lado no paraba de preguntarse por qué Ariadna intentaba chantajearlos, ¿por qué no ir directamente al Consejo de Gobierno? Sólo eso bastaría para apartarlos del proyecto. Debía haber algo que le impedía hacerlo, un secreto dentro de otro, algo que saldría a la luz si se denunciaba a Eva públicamente como una imperfecta.
La voz de Ariadna rompió su ensimismamiento.
—¿Sabes qué pasará si hacemos que la información llegue al Consejo de Gobierno? Eva será despojada con deshonor de su titulo de explorador de órbitas y quizás tú también por encubrirla.
—Por supuesto que lo sé, pero también tengo que contemplar la posibilidad de que estés mintiendo, puede que ni Eva sea imperfecta y de que en caso de que lo sea no tengáis pruebas para demostrarlo.
—Hugo, Hugo, sabes que la condición de injertado va codificada en un gen especifico, basta analizar una secuencia de ese gen para saber incluso el número de serie del útero artificial en que hemos sido engendrados. Ahora dime, ¿piensas que Eva tendrá codificada esa información? Nosotros la acusaríamos y los laboratorios harían el resto.
—Y, ¿por qué no vais y la denunciáis directamente ante el Consejo? No entiendo el hecho de chantajearnos cuando podéis hundirnos directamente.
—Nosotros no subestimamos el poder de la venganza, sobre todo el de una mujer, y aún más el de una mujer inteligente. Si os destruimos completamente la situación pasa a ser más ventajosa para vosotros, una vez caídos no tendríais nada que perder y quizás, y digo sólo quizás, dedicarais vuestras vidas a hacernos caer a nosotros también. En el caso de que lleguemos a un acuerdo, seguiríais siendo exploradores, buenos exploradores, y sólo tendríais que cedernos las misiones que a Sergei y a mí nos interesaran, como concretamente ésta.
Hugo se sentía atrapado de verdad, ninguna puerta se le abría en su cerebro, ningún injerto genético parecía tener la respuesta al dilema. Necesitaba concentrarse pero eso era bastante difícil en aquella situación. De todas formas, si de algo estaba seguro, era de que la explicación que acababa de oír no tenía ni pies ni cabeza, debía haber un motivo aún más poderoso que ése.
La voz de Ariadna, atenuada, sin signos de entusiasmo pero segura y firme, le interrumpió de nuevo la cadena de pensamientos.
—Créeme, vuestra única salida es retiraros de la prueba de selección, todos salimos ganando con eso, vosotros conserváis vuestro puesto y status y nosotros nos hacemos con una misión que debería ser nuestra por derecho. Me preguntaste antes por qué había esperado a que Eva saliera del habitáculo, bien, te lo voy a decir, lo hice porque sabía que ella no aceptaría, es demasiado orgullosa como para permitirse una sola derrota, no la culpo, al parecer ése es el sello de todos lo que han nacido en La Periferia, pero es incapaz de perder. Sin embargo, tú eres más razonable, tienes las ideas más claras, eres más objetivo y sabes cuando es hora de atacar y cuando de retirarse, no tendrás una venda en los ojos que te impida ver que esta partida es nuestra. Es más, piensa que habrá otras en la que puede que vosotros seáis los ganadores, pero te aseguro que no en ésta.
Hugo se frotó la barbilla ya que éste era el gesto que solía hacer cuando quería ganar tiempo, necesitaba ganarlo como fuera hasta que las ideas se le aclararan. Su mente examinaba una a una todas las posibilidades y por más que le daba vueltas, no veía otra salida que la que Ariadna le sugería. Sin embargo, tenía que haberla, tenía que haberla.
—¿Y cómo podemos estar seguros de que no nos traicionareis cuando os dejemos vía libre? No me cuesta trabajo imaginarme que nos retiramos de la misión y a pesar de todo decidís contárselo al Consejo.
—No podéis estar seguros, os estamos ofreciendo la oportunidad de seguir como exploradores si os retiráis y de acabar con vuestras carreras en caso contrario. Como ya te he dicho no queremos venganzas, queremos un tratado, igual que cuando en una guerra se firma un armisticio. El hecho de que existan ganadores y perdedores no significa que el perdedor desaparezca y el ganador ocupe su puesto, los ganadores han de cumplir unos compromisos y los perdedores otros.
De pronto pareció como si los impulsos nerviosos del cerebro de Hugo se transmitieran por el circuito neuronal adecuado ya que una idea apareció flotando vagamente en él. No estaba seguro de que fuera a resultar efectiva pero al menos le permitiría seguir ganando tiempo y eso era algo crucial en esos momentos.
—Entiendo todo el planteamiento pero me huele que hay gato encerrado por algún lado así que no nos vamos a retirar, al menos hasta que no lo consulte con Eva.
Ariadna se levantó de la cama de un impulso y caminó hacia la puerta asegurándose que Hugo mirará sus formadas nalgas a través del pantalón. Al parecer iba a resultar algo más difícil de lo esperado pero ella no era una principiante tampoco. Tenía bien estudiada su estrategia, si no era por las buenas, sería por las malas, se giró de golpe sorprendiendo a Hugo, tal como había previsto con la mirada fija en sus caderas y habló de nuevo.
—Bien, Hugo veo que vamos a tardar más de lo previsto, ¿te importaría servirme una copa? Tengo la boca seca y hay algo más que tienes que saber.
Hugo dudó un momento entre hacer caso a su petición o seguir escuchando simplemente. Quería confirmar su hipótesis así que se dirigió hacia un panel lateral, y con una orden verbal, éste se deslizó verticalmente dejando ver una especie de surtidor transparente rodeado de vasos.
—Está bien Ariadna, seguiremos conversando, ¿qué quieres tomar?
—Lo que tú tomes —replicó Ariadna volviéndose a sentar en la cama.
—¿Te parece bien un zumo de frutas?
—Estupendo.
Un líquido color rojizo empezó a llenar los vasos al tiempo que Ariadna encendía la pantalla de videoplasma del techo y, desabrochándose los botones superiores del pantalón con la excusa de estar más cómoda, se tumbaba para poderla ver y planear mejor su siguiente jugada.
Hugo se acercó con los vasos y los dejó en la repisa de encima del cabecero del colchón neumático. Sin dejarse impresionar por la pose de Ariadna se sentó a su lado. No estaba seguro pero, observándola, tenía la impresión de que la situación actual reflejaba un empate. Ella había destapado su jugada y él estaba a punto de hacerlo, cogió el mando de la videopantalla y apagándola consiguió que Ariadna se incorporara de nuevo para poder así seguir la conversación.
—¿Y bien? —preguntó Hugo.
—Si no cooperáis no nos va a quedar más remedio que pasar la información al Consejo. Eva ha nacido y se ha criado en La Periferia, le costará adaptarse de nuevo pero lo conseguirá, puede que conserve muchos amigos allí y te aseguro que la ayudaran. Pero tú, tu familia no te perdonará este desliz, no creo que te ayuden, te abandonaran a tu suerte y ya te puedes imaginar lo que te espera, un comercio en el anillo exterior, donde tendrás que trabajar dieciséis horas diarias para poder malvivir.
Hugo permaneció sentado. Nunca había deseado matar a nadie y no iba a empezar ahora, pero si alguna vez un hipotético genio le concediera tres deseos, uno de ellos lo gastaría en convertir a Ariadna en una rata, una sucia rata inmunda, ya que eso es lo que era, así al menos su aspecto exterior coincidiría con el interior. Sin embargo no había que dejarse llevar ni por la ira ni mucho menos por la furia, tenía que ser cauto y sobre todo astuto si quería saber el verdadero motivo por el que no iban directamente al Consejo con la información.
—Perdona que te insista, pero sigo sin comprender por qué no nos aplastáis directamente yendo al Consejo, prefiero pensar que es algo más concreto y menos abstracto, debéis tener un motivo aún mayor, quizás alguien a quien proteger, alguien que tampoco soportaría un análisis genético.
—¿Qué quieres decir? El motivo es el que te he dicho, no hay más —Ariadna parecía no mostrarse afectada.
—Pero imagínate que nos denunciáis al Consejo y éste decide abrir una investigación más amplia en la que alguien próximo a vosotros puede verse también afectado. Yo también he oído historia acerca de familias que tiene su primer hijo natural en La Periferia se hacen ricos y su segundo hijo es injertado, luego el segundo falsifica una partida de nacimiento y ya tenemos un nuevo infiltrado.
Ariadna empezaba a cambiar de expresión y Hugo se estaba dando cuenta así que, sin darle tiempo a pensar, continuó su argumentación.
—Incluso puede ser que un injertado de quinta o sexta generación haya tenido una aventura en La Periferia y haya concebido allí un hijo natural. ¿Por qué no falsificar su partida de nacimiento y decir que es un injertado creado en el Centro? Puede que un hermano tuyo o de Sergei se encuentre en este caso, si es así, sólo tendría que remover un poco los archivos para encontrarlo, y puede ser, sólo puede ser, que por ese motivo no queráis que se sepa que hay imperfectos en el Centro, imperfectos además de familias poderosas con suficiente dinero para sobornar a cualquiera.
Ariadna bebía nerviosamente ya el zumo que Hugo le había servido, sus uñas tamborileaban nerviosas sobre el borde del vaso y Hugo ya tenía certeza de que algo de lo que había dicho había dado en el clavo.
—¿Algo más? —preguntó Ariadna apurando el zumo.
—Sí, quiero que dejéis esto tal como está, vosotros os olvidáis de Eva y yo me olvido de hacer una pequeña investigación por mi cuenta.
Ariadna estaba cada vez más nerviosa, así que con un gran esfuerzo pudo hablar sin que le temblara ostensiblemente la voz.
—Bueno, puede que tengas razón y puede que no, podemos seguir discutiéndolo pero antes, ¿te importaría llenarme de nuevo el vaso?
Hugo se levantó a regañadientes y sitúo el vaso de nuevo bajo el surtido. Permaneció escasamente treinta segundos dándole la espalda a Ariadna, tiempo más que suficiente para que ésta dejara caer el contenido de media cápsula que disimuladamente escondía en su chaqueta de explorador a, en el vaso de Hugo.
Hugo volvió a sentarse en la cama y ofreciéndole el vaso a Ariadna adoptó una actitud expectante al tiempo que bebía parte de su zumo sin que ostensiblemente notara nada raro. Ariadna tomó buena nota de ello y pareció relajarse.
—En cuanto a tu brillante teoría, he de decirte que sí, tienes razón, el hermano de Sergei es un científico que trabaja en el anillo interior y que comparte con Eva su condición de imperfecta, pero ésa es una información que tú ya no podrás usar, al menos antes del proceso de selección.
Hugo echó repentinamente las manos hacia atrás para apoyarse en la cama. Había dejado caer el vaso con el zumo estrellándolo contra el suelo y se sentía incapaz de mantener el tronco erguido así que se tendió en la cama, parecía como si una inmensa cortina se corriera delante de él. Sus oídos tampoco parecían funcionar correctamente, Ariadna le estaba hablando pero no era capaz de entender lo que decía. De pronto sintió como la cortina iba dejando pasar cada vez menos luz. Ariadna era ya sólo un bulto cuando adivinó, más que ver, como ésta se dirigía hacia la puerta. Estaba claro que nunca debió haberle dado la espalda a esa arpía, cerró los ojos y antes de que la oscuridad lo llenara por completo sólo tuvo tiempo de desear que ojalá Eva consiguiera su propósito.